LITURGIA

LITURGIA2018-03-13T21:24:30+00:00

CLARIFICACIÓN DEL CONCEPTO DE LITURGIA

EN LOS ESCRITOS DE LA MADRE TRINIDAD DE LA SANTA MADRE IGLESIA

“Por nuestra inserción en Cristo, gracias a la liturgia, desaparece el espacio y el tiempo y se nos hacen presentes los misterios de Cristo.”

Del libro “Frutos de Oración”

Nº 768:  El misterio de Cristo con toda su realidad, terminado en su infinita perfección, se perpetúa en el seno de la Iglesia, y es mostrado y comunicado a los hombres en la misma Iglesia en el tiempo o circunstancia que cada uno necesita vivirlo y poseerlo.

Nº 769:  La Iglesia es el Cristo Total, Cabeza y miembros que, prescindiendo del tiempo, nos hace ser a todos los cristianos el Cristo Grande, sin distancias de tiempo y lugar; siendo nuestra participación de Cristo tan cercana y tan viva, tanto, ¡tanto!, que somos miembros vivos de Cristo en su tiempo.

Nº 770:  El misterio de la Iglesia es tan rico que me une directamente con Cristo prescindiendo del tiempo y la distancia, con la entrega, en los días de mi peregrinación, de cuanto Él es, vive y realiza; siendo capaz también de cogerme a mí y trasladarme al tiempo de Cristo…

Nº 605:  Por la perfección de su ser, el Sumo y Eterno sacerdote fue capaz de contener a todos los hombres en la inmensidad de su abarcación y es capaz de vivir a través de la Iglesia y por medio de la liturgia, con y para todos ellos. Por eso es posible que todos los hombres, en su tiempo, vivan de su misterio.

LA SANTA MISA

La Iglesia tiene su sacerdocio y lo vive en plenitud en el momento de la Santa Misa.

Páginas hermosas leemos en la Encíclica de Juan Pablo II “Ecclesia de Eucharistía”: … “El Hijo de Dios se ha hecho Hombre para reconducir todo lo creado, en un supremo acto de alabanza, a Aquel que lo hizo todo de la nada.

De este modo, Él, el Sumo y Eterno Sacerdote… devuelve al Creador y Padre toda la creación redimida. Lo hace a través del ministerio sacerdotal de la Iglesia y para gloria de la Santísima Trinidad.

Verdaderamente éste es el “mysterium fidei” que se realiza en la Eucaristía: El mundo nacido de las manos de Dios Creador retorna a El, redimido por Cristo”.

Qué maravillosos son los planes de Dios que me permiten vivir con esta visión tan esperanzadora, participando en la Santa Misa y uniéndome así al sacerdocio de Cristo y de su Iglesia para glorificar a Dios y renovar constantemente nuestra redención.

Reflexiones de fe viva encontramos en los escritos de la Madre Trinidad.  Vayan algunas muestras entresacadas del opúsculo nº 6 (Libro “Luz en la noche”):

¡Ay sacerdote de Cristo, cómo te veo…! ¡Pero qué pequeñito eres ante este gran misterio de la santa Misa…!

Ay sacerdote de Cristo…! ¡Po­brecito! ¡Qué pequeñín ante la terribilidad terrible de la Tri­nidad, a pesar de ser tan excelsa tu dignidad…!

¡Ay…! ¡Pobrecito sacerdote, hi­jo mío y padre de mi alma…! ¡Pero qué pequeñín ante la terribilidad terrible del serse del Ser, que se te da en Don y te pide tu respuesta…!

¡Pobrecito…! ¡Cómo te veo ante la con­tem­pla­ción del Intocable, que, en la esplendidez de su majestad eterna, desde las alturas, espera tu pala­bra para abajarse, en el milagro más sorprendente que la mente del hombre pudiera vis­lumbrar…!

Te veo tan pequeñito… ¡y clamando con voz potente por la fuerza que la unción sagrada dio a tu palabra, capaz de abrir el Sancta Sanctórum de la Trinidad, desco­rriendo el velo del Templo para pedirle que pronuncie su Palabra para ti, realizándose, por esta palabra tuya, como un nuevo misterio de la Encarnación…!

¿Qué eres tú, hombrecito…? ¡Ay sacerdote de Cristo…! ¡Ay…! ¡Ay hijo mío! ¡Pobrecito…!

Estoy llorando de anonadación, de respeto, de amor y pavor ante esta realidad terrible que mi alma contempla.

¡Ay, si yo fuera sacerdote…! ¡En este momento moriría…! Aún no sé si, por verlo, podré vivir.

¡Ay sacerdote de Cristo, pobrecito…! ¡Respon­de como puedas al Amor…!

¡Ay, sacerdote de Cristo!, ¡responde…!, ¡res­pon­de a la Trinidad que se te da en Don, como sepas, como puedas!

¡Qué pequeño eres ante la te­rri­bilidad terrible del Momento de la Consagración…!”

Seamos conscientes los sacerdotes por nuestro ministerio sacerdotal y los fieles por su sacerdocio místico, del gran regalo que supone vivir la Santa Misa en postura sacerdotal de glorificación de Dios y de comunicación de vida a las almas.

TIEMPO ORDINARIO

Hay dos épocas en el año litúrgico en las que se celebran aspectos muy peculiares del Misterio de Cristo:  Adviento-Navidad y Cuaresma-Pascua.

 Más de la mitad del año, 33 semanas que terminan con la Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo, viene señalado como “tiempo ordinario”, traducción no muy exacta del latín “tempus per amnun”, “tiempo durante el año”. Son dos períodos que van desde Navidad a Cuaresma y desde después de Pentecostés hasta Cristo Rey.

 En este tiempo “ordinario” se evoca el misterio de Cristo en su plenitud y otras realidades y fiestas para que la Iglesia, como madre y maestra, nos vaya adentrando en la variedad de sus misterios, madurando paulatinamente nuestra vida de fe.

 Necesitamos vivir en plenitud el misterio de la Iglesia hasta hacerlo totalmente nuestro.

 El crecimiento espiritual del alma-Iglesia nos hará vivir lo que la Madre Trinidad, fundadora de la Obra de la Iglesia, sintetiza diciendo que hay que   vivir “la riqueza, la misión y la tragedia de la Iglesia”. Tendremos ocasión de abundar en ello.

 También en este tiempo “ordinario” se permite mayor adaptación pastoral admitiendo con facilidad en la liturgia formularios de libre elección, según las diversas exigencias pastorales.

TIEMPO DE CUARESMA

Va desde el Miércoles de Ceniza hasta el Triduo Pascual, que empieza con la Cena del Señor –el Jueves Santo-.

La preparación para la Pascua y la renovación de las promesas del Bautismo en la Vigilia Pascual son una invitación a profundizar en la importancia en el seguimiento de Cristo, que viene marcado desde los primeros días de Cuaresma.

El Miércoles de Ceniza nos invita a “no echar en saco roto la gracia de Dios”, ya que “ahora es tiempo favorable, ahora es el día de la salvación”. (2ª lectura)

Y en el primer Domingo leemos en la oración colecta: “…concédenos, Dios Todopoderoso, avanzar en la inteligencia del misterio de Cristo y vivirlo en su plenitud”.

Uno de los aspectos más importantes del misterio de Cristo, del que tendremos ocasión de hablar en este tiempo “fuerte” de Cuaresma, es el de nuestra participación en el sacerdocio de Cristo, en su postura de mediación. Ya nos hablaba de ello la 1ª lectura (profeta Joel) del Miércoles de Ceniza: “Entre el atrio y el altar, lloren los sacerdotes, ministros del Señor, diciendo: Perdona, Señor, perdona a tu pueblo…”

El sacerdocio de Cristo arranca de la Encarnación y el nuestro en ella se fundamenta por nuestra inserción en El:

Leemos de la Madre Trinidad, en su libro “Frutos de Oración”:

582. En el instante de la Encarnación, el alma de Cristo, por la grandeza de su perfección, fue capaz de vivir, contener y abarcar en la experiencia saboreable o dolorosa de su ser, toda su postura sacerdotal de recepción del Infinito y de respuesta, en retornación, al mismo Infinito; de receptor de la donación de Dios para todos los hombres y de recopilador de todos ellos en sí, siendo la respuesta de todo lo creado ante la infinita Santidad. (15-9-1974)

584. La primera postura sacerdotal de Cristo se manifestó principalmente recibiendo a Dios en la Encarnación; la segunda, respondiéndole en su vida privada; la tercera, dándonos a todos la vida en su inmolación; y la cuarta, en su resurrección, llevándonos con Él a la vida nueva; aunque en todos y en cada uno de los momentos de su vida, Cristo vive las cuatro posturas de su Sacerdocio. (12-1-1967)

Si somos fieles y no echamos “en saco roto la gracia…” que en este tiempo se nos ofrece a manos llenas, de verdad que “entraremos dentro” de este “misterio de Cristo” y dejaremos que “el Señor que pasa, se posa y nos quiere poseer” -en frase feliz de la Madre Trinidad- nos transforme. La liturgia de este período singular nos lo facilita.

Recordamos una vez más, que la liturgia nos pone en contacto con las realidades que en estas semanas de Cuaresma, y después en el tiempo Pascual, la Iglesia hará pasar ante nuestra mirada capaz de sorprenderse una vez más de las maravillas que ha hecho Dios con los hombres y la Iglesia nos da ocasión de vivirlas, cada vez más conscientemente, año tras año.

LA ALEGRÍA DEL ADVIENTO

El hombre está hecho para expansionarse en el gozo. El que vive la espiritualidad de Adviento descubre el sentido de la alegría cristiana. Porque la Navidad que se acerca es fiesta de gozo y salvación, desde este domingo “Gaudete” se comienza a vivir la esperanza feliz y desbordante de la cercanía del Señor. La alegría es respuesta al gran anuncio, a la cercana presencia. Los sueños de felicidad se van a hacer realidad con el nacimiento salvador de Jesús. 

Es oportuno recordar hoy que las grandes felicidades proceden del cielo y que las pequeñas alegrías, de los hombres. Los cielos de Adviento llueven alegría para todos y eliminan la contaminación atmosférica de la tristeza anticristiana. En todos estos días luminosos hay que aumentar la provisión de alegría, para poder disponer de ella en los días oscuros. 

El hombre ha sido creado para la felicidad y esta invitación de Dios llega desde el fondo de la eternidad. En el mundo hay placer y alegría. El placer es la felicidad del cuerpo; la alegría es la felicidad del alma. Y aunque en medio de las dificultades de la vida, pruebas, sufrimientos y muerte, se pueda llorar, sin embargo nunca hay derecho a divorciarse de la alegría, que por ser espiritual, no puede morir y tiene sabor de eternidad.

La alegría comienza en el instante mismo en que uno suspende sus afanes de búsqueda de la propia felicidad para procurar la de los otros. En el corazón del hombre inquieto, el hambre de felicidad es hambre de Dios. Desventurados los satisfechos que, empachados de placeres, ahogan lo infinito de sus deseos. Bienaventurados, por el contrario, quienes tienen todavía hambre. Benditos los que proporcionan alegría a los pobres; en la cúspide de la entrega y del olvido de sí, florece la alegría y se reencuentra la vida. 

En Adviento se vuelve a recordar que el camino de la felicidad no arranca de las personas o de las cosas, sino que parte de uno mismo hacia los otros, es decir, hacia Dios que es causa de alegría. La entrega a Dios es una entrega a la alegría. 

El Evangelio, por ser Buena Nueva, es un mensaje portador de alegría; anuncia la vida, el futuro, la esperanza, la salvación. Logra que el creyente sea un hombre libre de temores, anclado en la alegría serena. Por eso la alegría cristiana es una experiencia seria de la fraternidad, del cariño, de la comprensión, de la confianza. En Adviento todos los hombres y mujeres tienen que preguntarse si han recibido la alegría del Evangelio.

COMENTARIO PASTORAL – Andrés Pardo, Archidiócesis de Madrid

 La Espiritualidad del Adviento

La teología litúrgica del Adviento se manifiesta en las dos líneas que aparecen en el Calendario romano: la espera de la Parusía, que se revive gracias a los textos mesiánicos escatológicos del Antiguo Testamento; y la perspectiva de Navidad que renueva la memoria de las promesas ya cumplidas aunque si bien no definitivamente.

La espera es vivida en la Iglesia con la misma oración que ya se proclamaba en la asamblea cristiana primitiva: el Marana-tha (Ven Señor) o el Maran-athá (el Señor viene) contenida en los textos paulinos (1Co 16,22) y en el Apocalipsis (Ap 22,20). Todo el Adviento resuena como un “Marana-thá” en las distintas modulaciones que esta oración adquiere en las preces de la Iglesia.
Las lecturas del Antiguo Testamento invitan a repetir en la vida de los oyentes, la espera de los justos que aguardaban al Mesías; la certeza de la venida de Cristo en la carne estimula a renovar la espera de la gloriosa aparición final, en la que las promesas mesiánicas tendrán su total cumplimiento, ya que hoy se han cumplido sólo parcialmente.

El tema de la espera del Mesías y la conmemoración de la preparación a este acontecimiento salvífico toma auge en los días feriales que preceden a la Navidad. La Iglesia se ve sumergida en la lectura profética de los oráculos mesiánicos, haciendo memoria de los padres en la fe, de los patriarcas y profetas.

El Adviento aparece como una intensa y particular celebración de la larga espera en la historia de la salvación, como el descubrimiento del misterio de Cristo presente en cada página veterotestamentaria: desde el Génesis hasta los últimos Libros Sapienciales.

La Iglesia descubre en cada Adviento la centralidad de Cristo en la historia de la salvación. Se evocan los títulos mesiánicos que aparecen en las lecturas bíblicas y en las antífonas: Mesías, Libertador, Salvador, Esperado de las naciones, Anunciado por los profetas… Cristo, en estos títulos y funciones, revelado por el Padre, se convierte en el personaje central, en clave del arco de una historia, historia de salvación.

LA SAGRADA ESCRITURA

San Jerónimo subrayaba la alegría y la importancia de familiarizarse con los textos bíblicos:

«¿No te parece que estás -ya aquí, en la tierra- en el reino de los cielos, cuando se vive entre estos textos, cuando se medita en ellos, cuando no se busca otra cosa?» (Epístola 53, 10).

En realidad, dialogar con Dios, con su Palabra, es en un cierto sentido presencia del Cielo, es decir, presencia de Dios. Acercarse a los textos bíblicos, sobre todo al Nuevo Testamento, es esencial para el creyente, pues «ignorar la Escritura es ignorar a Cristo». Es suya esta famosa frase, citada por el Concilio Vaticano II en la constitución «Dei Verbum» (n. 25).

Benedicto XVI presenta las enseñanzas de San Jerónimo nov.2007